Cine

Joyas del pantano. Roger Corman, Jesús Franco

La casa en la niebla. The man with x-ray eyes

Las líneas paralelas se parecen y sin embargo no se cruzan por más que persigamos su horizonte. A vista de pájaro quizá creyéramos que Jesús Franco y Roger Corman se parecen: los dos recaen en lo fantástico y han moldeado su obra en el seno del cine exploitation: mínimo presupuesto y máxima rentabilización de los recursos disponibles y los temas que atraigan al público, sea por morbo, actualidad o por expoliar las ideas del último éxito en taquilla. Tan fugaces sus rodajes como extensas sus filmografías, ambos constituyen las dos caras del exploitation.

Más hambriento de arte que de sangre, Paisley (Dick Miller) viste a sus víctimas de arcilla en Un cubo de sangre (A Buckett of Blood, Roger Corman,1959). Sus crímenes son primero accidentales, pero los beatniks y poetas de un antro bohemio acaban laureándole por ellos. Quizá fuera inconsciente, pero Corman confiesa en Paisley su deseo de expresarse, aunque para ello recurriera a historias de homicidas, marcianos y aristócratas decadentes inspirados en Edgar Allan Poe. Al igual que el director, los personajes ven sus crímenes no como fin sino como medio hacia la fama o el dinero, tal como sucede con los hampones que en La criatura del mar encantado (Creature from the Haunted Sea, 1961) amedrentan a los anticastritas con un monstruo inventado para así robarles sus riquezas.

Los asesinos de Franco tampoco parecen desprovistos de motivos: la venganza en Miss Muerte (1966) o curar a una hija enferma en Gritos en la noche (1962); sin embargo, para Franco el cuerpo sumido en éxtasis sádico o sexual no es un medio sino un fin en sí mismo. Así, el fluir del relato se detiene en cada lecho a observar cómo la muchacha se revuelve en el orgasmo o se estremece lacerada por el látigo. Corman no concibe tregua para el tiempo: como profesional su calendario es apremiante, como narrador sus secuencias se encadenan sin pausa: es preciso entretenernos, que no falte la comedia ni el suspense ni la acción. El de Franco, en cambio, es el tiempo del pornógrafo o del voyeur que se solaza espiando la cama abierta, la piel abierta, el sexo abierto, y de ahí la centralidad que cobran los espectáculos de club nocturno en Necronomicon (Necronomicon – Geträumte Sünden, 1968) o Las vampiras (Vampyros Lesbos,1971). En esta última, la condesa Oskudar (Soledad Miranda) no sólo seduce al maniquí de carne –herencia surrealista– o al público del número, nos seduce también a nosotros, espectadores, y en ello hay riesgo, riesgo porque ese cuerpo que se arrastra por la telaraña pintada de Miss Muerte se alzará para desgarrarnos con sus uñas; riesgo porque son cuerpos fascinantes, cuerpos poderosos.

La carne del cine de Franco se agitan entre represión y peligro, la represión de las redes, las mallas y cadenas que los visten o los sádicos castradores que los torturan y castigan su sexo; pero también el peligro de la metamorfosis que aniquila al inquisidor y abrasa las barreras de la piel y la moral. La diosa negra de Macumba sexual (1983) puede poseerte como esclavo o, en cambio, concederte poderes divinos. Los elegidos que se cruzan en el camino de las dulces criaturas de Macumba, El ataque de las vampiras (Les avaleuses, 1973) o Las vampiras son transformados en la ceremonia erótica o arrasados por el goce. Del mismo modo, la narración clásica es transformada o anulada por el onirismo que confunde noche y día, por las escenas pornográficas, la improvisación jazzística o los símbolos que emergen desde un légamo de sueños, cometas en el cielo y un escorpión en la piscina.

La casa en la niebla. Los ojos siniestros del doctor Orloff-poster

También los personajes de Corman se sumen en visiones, pero las alucinaciones de Paul Groves (Peter Fonda) en El viaje (The Trip, 1967) son ensueños ácidos, travesías opiáceas, como lo son también los colores que arrasa Las Vegas vista por el hombre con rayos equis en los ojos (Ray Milland). Visiones que, al contrario que en Franco, no destruyen sino apoyan el relato. Corman es, ante todo, un productor racional y un director clásico que ni tan siquiera en la parodia del género —Not of this Earth (1957)— se aparta de su lenguaje. Su arte es la producción, el control de partituras, escenarios y guiones —todos ellos al cargo de profesionales excelentes— pero no por ello carece de una ambición artística que se materializa, sobre todo, en su serie dedicada a Poe, motivada por su deseo de avanzar como artista pero también de competir en un mayor mercado.

En cierta ocasión, Corman quiso plasmar inquietudes políticas y tratar asuntos serios, pero su acercamiento al racismo sureño en The Intruder (1962) se saldó con un fracaso inmerecido que hubiera cuestionado el título de sus memorias –Cómo hice cien fims en Hollywood y nunca perdí un céntimo– y a partir de entonces rara vez antepuso a la taquilla sus preocupaciones personales. Para Franco, en cambio, la libertad de la creación prima sobre las exigencias del exploitaition y el presupuesto ridículo. Franco no hizo un duro, Corman se hizo rico, pero uno y otro exprimieron las posibilidades de expresarse en su denostado medio artístico.

NOTA: El presente artículo apareció originalmente publicado en el diario de la 24ª edición del festival Cinema Jove (Valencia, 2009).


 

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