Cine

Sobre el fracaso de lo humano: El amanecer del Planeta de los Simios

la casa en la niebla. dawn_apes

Arriba, entre las ramas, la lluvia se dilata en las agujas de los pinos, serpentea en la corteza y empapa el pelaje de los simios. La manada de los monos aguarda en la espesura, tantos que se pierden en la niebla, tan silentes que el aguacero habla por ellos. Acechan a los ciervos que, en el suelo, pacen entre troncos y raíces. Con sus rostros pintados de tierra y ceniza, los monos nos recuerdan a ese tiempo brumoso antes de Adán, en el que el que no era posible distinguir al hombre de los monos; sin embargo, la escena pertenece a un futuro cercano, el que nos cuenta El amanecer del Planeta de los Simios (Dawn of the Planet of the Apes, Matt Reeves, 2014), un filme que transcurre en un tiempo en el que los hombres han perdido su ascendente y comienza el reinado de los simios.

El fracaso de lo humano

Sabemos que esta historia acabará mal para nosotros. Antes de empezar a ver la película, persiste en la retina aquel plano que cerraba El planeta de los simios (Planet of the Apes, Franklin J. Schaffner, 1968), con George Taylor (Charlton Heston) martilleando con el puño la arena de la playa y aullando ante la estatua rota de una era pasada. Sabemos que todos los esfuerzos de humanos y chimpancés están malogrados de antemano, que no importa cuanto hagamos o intentemos, sabemos que estamos abocados al fracaso. De ahí el pathos agónico —desesperado— que empapa, como un aguacero, cada uno de sus planos. Pero el fracaso de lo humano en Amanecer del planeta de los simios —como el de tantos otros filmes apocalípticos de los últimos tiempos— es también nuestro fracaso colectivo a la hora de imaginar otro futuro o alumbrar una alternativa al mundo en que vivimos. Impedidos para la esperanza, nos enredamos en relatos de un fin del mundo que no acaba.

Pese a ello, los responsables El amanecer del Planeta de los Simios intentan ofrecer un porqué a nuestro hundimiento y encuentran la respuesta allí arriba, bajo la lluvia, entre las ramas, allí donde los simios aprenden a ser hombres y emprenden el camino que, algún día, les llevará lejos de los árboles. En el tránsito hacia lo humano, el chimpancé aprende a odiar, a mentir y ser artero, a matar a su propia especie, pues ¿qué otra cosa nos convierte en hombres? Matt Reeves y sus guionistas nos invitan a reflexionar sobre la fragilidad de la civilización, sobre la facilidad con que el miedo y el odio conquistan a la masa, sobre lo cerca que estamos de los animales —y no a la inversa—. En El amanecer del Planeta de los Simios, el hombre tiene sus motivos, como el mono los suyos, y no es posible convivir sin que ambos choquen en una riada de recelos, caos y miedo.

Sin embargo, el mayor error que podríamos cometer ante este filme —ante cualquiera en realidad— sería el de entrar al juego planteado por sus creadores sin preguntarnos por sus reglas o, en otras palabras, el de asumir que las fronteras del relato marcan también los límites de lo pensable. La película transcurre entre el bosque y la ciudad, pero entre ambas se extiende también un largo trecho del que nada sabemos: es hacia este lugar desconocido —y hacia todos los lugares vacíos del filme— hacia donde tenemos que dirigirnos para conocer su último sentido.

Lo que no nos contaron de César

El amanecer del Planeta de los Simios es un filme horadado por lagunas del sentido, lugares de los que nada sabemos, motivos que damos por supuesto; sin embargo, éstas son ausencias palpables, silencios que exclaman por la fuerza de su incógnita. Sin duda, al Hollywood de hoy le interesa poco o nada dejarlo todo atado y bien atado: lo que prima es el espectáculo; sin embargo, hay algo más en estos silencios, pues en ellos radica la ideología de la película. Siguiendo a Louis Althusser, Fredric Jameson señaló que debemos explorar el contenido ausente en el texto: algo ha de haber allí donde el navío circunnavega el espacio que el cartógrafo dejó acusadoramente en blanco.

Los chimpancés tiznan sus rostros, alzan altares, confeccionan tiaras con flores y máscaras con dientes de animales, todo apunta hacia una vida espiritual, hacia una sociedad tribal compleja y, sin embargo, sus normas y costumbres son escamoteadas por el narrador en virtud de una simplificación moral extrema: hay un rey y hay una ley a la que todos rinden pleitesía —“simio no mata simio”—, con eso basta. No obstante, con tal hurto del lenguaje se nos roba también cualquier alternativa, pues los monos, en esta llaneza impuesta, no son capaces de afrontar dilemas complejos. La perversidad de El amanecer del Planeta de los simios radica en asumir que no hay más vía para la humanización que el miedo y la violencia o, en otras palabras, que lo que nos hace humanos es el odio a todo lo distinto y que, por tanto, cualquier forma de sociedad está abocada al temor y la guerra.

Al principio de El amanecer del Planeta de los Simios admiramos a los chimpancés como aquel europeo que contemplara al buen salvaje encogiéndose de hombros: “Tu vida, más simple, más ingenua, más cercana a la naturaleza, es sin duda mejor que las nuestras, pero es inevitable que la civilización acabe por alcanzarte y, cuando lo haga, terminarás por corromperte”. Pero el buen salvaje no es sujeto sino objeto —de la colonización, de la explotación— y, como tal, no tiene cultura ni voz más allá de la prestada. La letra de la Historia da voz a quien conquista, nunca al conquistado y, sin embargo, he aquí la otra gran ausencia del discurso de El amanecer del Planeta de los Simios: de los humanos del filme y sus motivos sabemos incluso menos que de los monos.

Como a menudo sucede en la Historia y sus ficciones, los exploradores arriban a tierra incógnita en búsqueda de un bien esencial para la supervivencia de la metrópolis. Aquí se trata de la energía de una presa hidráulica, pero podría ser oro, petróleo, especia melange, unobtanium o cualquier otra futesa. Sería tentador pensar en Irak, Afganistán, Venezuela y la perpetua crisis energética de un Occidente tan hambriento que podría engullir de una sentada todos los recursos del planeta; sin embargo, convendría más fijarse en la ligereza con la que se asume la necesidad de energía eléctrica: si no la obtenemos, la civilización se desvanecerá por completo, como si antes del carbón y la bombilla, la humanidad hubiera vivido siempre en una oscura barbarie.

Para los humanos del filme no existen medias tintas —energía o barbarie, apropiación o guerra, humanos o simios— y es ésta sucesión de falta de alternativas la que hace avanzar la trama y determina su resolución. Más incluso, el proceso de hominización de los primates consiste, precisamente, en aprender todo aquello que el filme asume como humano: la colectividad está abocada al fracaso, la incomunicación es nuestra esencia y la violencia nuestro horizonte, las masas son estúpidas y precisan de un líder mesiánico que retorne de entre los muertos para guiarlas hacia el amanecer. Como dijimos, El amanecer del Planeta de los simios es la historia de un fracaso, pero su fatalismo no depende tanto de aquel final de El planeta de los simios (1968) como del hecho de que es un filme creado por una sociedad que realmente cree que no existe alternativa y que, más allá de sus murallas, la civilización se desdibuja en una algarabía de chimpancés y orangutanes que se desgañitan cabalgando entre las llamas.

Cuando amanece al final del filme, la ciudad ha quedado despoblada de hombres y mujeres; en su lugar, los primates anegan las avenidas y se van, para siempre, lejos de los árboles. Habrá monos y no personas y, sin embargo, nada habrá cambiado, pues los simios habrán abandonado su organización comunitaria y habrán aprendido a ser tan violentos y mendaces como los seres humanos. Al cifrar esta inevitabilidad como nuestra más íntima naturaleza, el filme de Matt Reeves nos demuestra, una vez más, nuestro rechazo a creer que es posible un mundo distinto al nuestro.

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