Literatura

Demonios humanos. El rostro, de Tim Lebbon.

la casa en la niebla. elrostro

El rostro de Tim Lebbon comienza con un encuentro. Un coche que avanza a través de la tormenta de nieve, intentando llegar al otro lado de la noche. Los haces de los faros relumbran en los copos y hacen que las sombras de los troncos se alarguen y tornen más oscuras. Desde la ventanilla trasera, Nikki contempla las torvas de hielo; en los asientos delanteros, sus padres, Megan y Dan, avistan a un pobre diablo en el arcén. Como un tronco herido por el rayo, Brand espera bajo la nieve, con los brazos abiertos, como dando la bienvenida. Durante fugaces instantes, el autoestopista comparte el coche con la familia, pero su mirada inquietante y sus comentarios incomodan a Dan y a Megan hasta el punto de abandonarlo en medio de la nevasca. Sin embargo, el autopista ha decidido que se quedará un tiempo más entre ellos. A la mañana siguiente, Megan y Dan encuentran extrañas pisadas que llegan hasta su puerta y, de un salto, prosiguen en el tejado. A partir de ese instante, la presencia de Brand se va tornando cada vez más íntima y amenazadora.

El rostro nunca aclara del todo si Brand es un hombre o un demonio; pero, como buen relato fantástico, inclina la balanza de la duda sutilmente hacia lo sobrenatural. Ignoramos si Brand es un psicópata o algo si cabe más oscuro; sin embargo, su función es otra: hacer aflorar los conflictos y miedos soterrados en la familia de clase media, dramatizarlos, volverlos obvios, exagerarlos hasta la tragedia. El fanatismo religioso de Megan se desboca en una locura de pájaros e insectos; la impotencia del paterfamilias como garante de la seguridad de los suyos queda repetidamente en evidencia; la sexualidad de la hija adolescente se desata como un celo animal. Tres miedos que parecen diferentes y en realidad son uno mismo: la crisis de una masculinidad que ha perdido su preeminencia sobre la familia y su rol de protección. Dan no tiene influencia alguna sobre su hija y acata las decisiones de su esposa, que le ama tanto como lo compadece; Dan no estuvo ahí cuando su mujer fue violada años atrás y tampoco lo estará cuando su hija sufra la misma suerte. Dos hombres mágicos le suplantan en el templo del hogar y el corazón de las mujeres: Cristo en el de su esposa, Brand en el de su pequeña. La peripecia de Dan, a lo largo de El rostro, se resume en dos escenas en las que Brand se pierde y corre en círculos, en medio del bosquecillo, mientras trata de dar cazar a Brand o de salvar a sus mujeres, todo en vano.

Quizá el mayor problema de El rostro sea que, en el fondo, los suyos son miedos banales, de clase media —¿Qué hace mi hija por las noches? ¿Soy un hombre de verdad? ¿Cómo podría dejar Dios que algo malo nos pasara?—, y que el autor los describe y explicita con minuciosidad excesiva, transcribiendo con detalle los pasajes del pensamiento de cada personaje, haciendo obvio lo que hubiera dejado más claro la sugerencia. Las piezas para una gran obra están ahí —un buen samaritano que decide cobijar a una serpiente sobre el pecho, una faz bajo la cual se oculta un pozo de negrura— y, de hecho, El rostro hubiera podido ser una gran novela sobre la naturaleza del mal; sin embargo, se queda en una historia más sobre el miedo al otro. Como el cine de terror de los setenta, El rostro expone las fisuras y temores propios del entorno familiar; pero su corolario resulta harto más conservador, pues acaba por reforzar el ideal familiar de clase media y por demostrar que realmente hay motivos para temer a los extraños, una idea que, desafortunadamente, se ha convertido en el discurso dominante del siglo XXI: mejor enciérrate en casa y no confíes en nadie.

Lebbon, Tim (2010). El rostro. Arganda del Rey: La Factoría de Ideas.

Traducción de Raquel Faes Díaz.

Primera edición en inglés: 2001.

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