Literatura

Mystic Topaz, joyas insólitas

En la calle que va desde el Mercado Central hasta Santo Arcangelo hay un mendigo que se sienta en un bordillo, enjuto, atezado, canoso, con chaqueta y sombrero negros. De su camisa abierta asoma un bulto de carne enorme que el vagabundo mece en el regazo, un melón bajo la piel, un hermano parásito que transporta a todas partes, pegado a su carne, trabado en su propio cuerpo. Pude ver a este hombre no en Santo Arcangelo, sino en las calles de Valencia y, de igual manera, también lo vio Pilar Pedraza, que se inspiró en él para escribir el primero de los cuentos de Mystic Topaz, la serie de historias que, semana tras semana, se publica en la página de El butano popular.

Como cuentas de un collar, Pilar Pedraza desgrana en sus topacios las historias que suceden en torno a una tienda de esoterismo llamada Mystic Topaz. También la tienda existe en Valencia —con otro nombre, con otros dueños— y algunas de las historias de la colección se inspiran lejanamente en ella; sin embargo, las auténticas fuentes de la serie Mystic Topaz se hallan más bien en la cultura, en el cine fantástico y las obras de Gustav Meyrink, en los tratados de maravillas y los westerns de John Ford. Como es habitual en la obra de la autora, la realidad se trenza con los ecos que el pasado dejó en los libros, las pinturas y las piedras. La propia ciudad en que transcurre pertenece a esta geografía entre fantástica y realista, entre vivida y literaria, con sus topónimos italianos y sus personajes que podrían proceder de toda urbe moderna, pero en concreto de ninguna. Es en las calles de esta urbe imaginaria donde Geles encuentra al mendigo y a su hermano sin rostro, quizá de camino a su trabajo como dependienta en Mystic Topaz, donde le espera Delirio Presencia, dueña del comercio y poseedora de saberes secretos.

¿Qué habrá de aprender Geles en Mystic Topaz? Lo ignoramos todavía, pues se trata de una colección de relatos de la que, de momento, sólo han aparecido nueve entregas. Durante los primeros cuentos, las vivencias de Geles se deslizan en las brumas de lo siniestro y de lo insólito, de aquello que, por un instante, nos parece sobrenatural, pero acaba resultando solamente extraño: un gemelo sin rostro, un litopedión vendido como fetiche regio, joyas victorianas que contienen cabellos idénticos a los cortados horas atrás, alguien que hace meditación bajo el órgano de una catedral, una maceta cuajada de típulas… Tan solo uno de los primeros relatos parece incumbir al reino del prodigio, «Poltergeist en Mystic Topaz», y, aun así, tenemos dudas; ignoramos, al concluir el cuento, qué ha ocurrido realmente dentro de la tienda.

No lo sabemos, pero quizá lleguemos a saberlo. En los topacios séptimo y octavo, Geles es iniciada por el indio Hipólito Cárdenas y, entre visiones del desierto y sueños de ayahuasca, recibe una revelación cuyo sentido resulta ignoto todavía. Sin embargo, el siguiente relato resulta ya abiertamente fantástico, sobre fantasmas que necesitan completar su tránsito. Geles, la joven escéptica se ha internado en la bruma sin saberlo y es posible que, en adelante, acabe hallando más de una sombra en la niebla. Sin embargo, no sólo Geles resulta iniciada en Mystic Topaz, también nosotros reencontramos los lugares y temas de la literatura fantástica y descubrimos que los prodigios persisten en un mundo sometido a las leyes del mercado.

En Mystic Topaz ambos mundos —magia y mercado— se enredan indisolublemente: suena la caja registradora y el ojo del espíritu desempolva sus pestañas; los talismanes del mundo entero admiten regateo; por un módico precio Delirio Presencia nos abre la puerta a un mundo de chamanes, sanadores y fantasmas. En Mystic Topaz se venden piedras preciosas, gemas que sanan, joyas en las que se cristaliza una verdad espiritual, un conocimiento iniciático, una sabiduría fruto del esfuerzo que cuesta extraerlas de la roca o de las fauces del dragón. Pero —cuidado— el negocio de las joyas es también un tráfico de sangre y de esclavos, un comercio envenenado, pues tanto tiempo pasaron los diamantes en la boca de la víbora que acabaron por embeberse su ponzoña. Las joyas brillan con un fuego subterráneo, infernal, luciferino, que no siempre sana las heridas y que, a veces, abre una llaga por la que se atisban los secretos del espíritu. Así, en Mystic Topaz, el ánima se traba con el dinero, la sanación con lo maldito, la maravilla con el monstruo; porque, por encima de las piedras y el dinero, el alma sigue hambrienta de algo más, de una curiosidad insaciable por el pasado y el presente, por lo visible y lo invisible, por lo palpable y por los sueños, que no son sino la otra cara de los días.

Mystic Topaz comienza con un misterio —el enigma del gemelo parásito— y con un sueño en el que se atisba su rostro secreto. Sin embargo, a la nueva obra de Pilar Pedraza le quedan todavía muchos topacios por desgranar y no es posible saber aún en qué concluirá la iniciación de Geles o si acabará por extraviarse en el ensueño. Quizá, más adelante, se revele que el mendigo estaba preñado de gemas sangrientas —como Kreata en Lucifer Circus— o que las típulas no venían de la maceta sino de la cabeza de Geles. Es posible, incluso, que a la postre Geles no aprenda nada en absoluto. En cualquier caso, es seguro que, cuando concluya sus relatos, se habrá descorrido un poco más el telón de piel que va velando los secretos de nuestro interior.

Luis Pérez Ochando

la casa en la niebla. mystic

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