Literatura

Metamorfosis y epifanía: La dama que se transformó en zorro de David Garnett

la casa en la niebla. dama zorro2

Silvia y Richard Tebrick —protagonistas de La dama que se transformó en zorro de David Garnett— acaban de casarse. Una tarde, paseando por el bosquecillo, Silvia se retrasa y él tira de su mano, casi arrastrándola. De pronto, Silvia da un tirón y un alarido. Richard se gira y encuentra a Silvia convertida en raposa. En la distancia, resuena amenazadora la anacora del cazador; la jauría de sus perros ha olido una nueva presa. Pese al natural desconcierto, el señor Tebrick no duda por un instante que se halla ante su esposa. La oculta en su regazo y la lleva a casa, donde la cuida y sigue amando; sin embargo, la metamorfosis no ha terminado.

Amor no conoce reposo, persigue y es águila, toro y lluvia de oro; corre y se transforma en arroyo, huye y es bruma o laurel: amor es metamorfosis. Apolo persigue a Dafne y sus dedos se tornan hojas; Alfeo acosa a Aretusa y, de repente, sus pies se deslían en agua, su cabello, en rocío, se ha convertido en río. Cazador o presa, ciprés o corzo, nada nos hace cambiar como el amor. La felicidad, por el contrario, se prende en los momentos —es lo efímero del instante—, en el cambio se diluye y se torna toda añoranza.

Tras la transformación, el señor Tebrick se refugia en su casa de Oxfordshire, despide a todos los criados, mata a todos los perros, cree que aún podrá mantener el oasis de una luna de miel que jamás debió acabar. Al principio ella se presta, deseosa, a la ilusión. Se deja lavar, cepillar el pelo, engalanarse con vestidos, come en porcelana. Nada de esto habrá de durar y ella mira a los pájaros con un hambre cada día mayor. La metamorfosis sigue su curso y el marido, testarudo, se aferra a un tiempo perdido al que llamó felicidad. Garnett nos lo cuenta con un tono ligero, a menudo irónico; su prosa es sencilla, ágil, corre como un arroyuelo tan transparente que casi pasamos por alto la hondura de sus pozas. La visión de la zorra ataviada de señorita puede parecernos graciosa y, no obstante, está cargada de tristeza; pues nos devuelve a nuestra incapacidad, muy humana, de regresar a los momentos de alegría o de retenerlos entre los dedos.

Pero La dama que se transformó en zorro no concluye aquí ni es ésta su moraleja, sino más su premisa. «Sabiendo como sabemos que su marido no cejaba en su intento de devolverla a su condición de mujer, o al menos, de conseguir que actuara como tal, ¿es imposible que ella a su vez albergara la esperanza de que él se convirtiera en bestia o actuara como tal? ¿No cabe la posibilidad de que ella considerara más fácil esa transformación que la suya propia?». La vida, como la zorra, tiene sus propios planes; pero el amor es siempre más sabio. Por más que corra la zorra, siempre es posible convertirse en gavilán para alcanzarla. En su soledad en medio del bosque, Richard también tendrá su propia epifanía, a saber, que es necesario cambiar para seguir amando, olvidar todo lo aprendido, entregarse a ese fluir que nos arrastra como el viento en un bosque invernal. Si el amor es metamorfosis, la felicidad podrá sobrevivir sólo en el cambio; mientras haya vida, será posible seguir persiguiéndola. Luis Pérez Ochando.

David Garnett (2014). La dama que se transformó en zorro. Cáceres: Periférica. Traducción de Laura Salas Rodríguez

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