Literatura

El placer del río que corre. El monstruo de Hawkline y En azúcar de sandía.

 

Cuando el mundo termine quedarán yoMUERTE y la Olvidería. El primero será una comuna en la que todo estará fabricado con azúcar de sandía; el segundo, el lugar donde se amontonen los recuerdos —o más bien los olvidos— de un mundo devorado por los tigres. En la Olvidería quedaban muchos libros, pero fueron usándolos como combustible para la lumbre. De todos modos, no eran, al parecer, demasiado divertidos. Hace ya mucho que nadie escribe libros. Se dice que se escribió uno sobre los búhos y también  otro sobre las agujas de pino —este último, un auténtico coñazo—. El narrador de En azúcar de sandía se propone escribir un libro nuevo, aunque no sobre agujas de pino, sino sobre cuanto acontece en torno suyo. En azúcar de sandía es el resultado del fluir de su prosa a lo largo de los días, el placer de contar, un goce de ver y de escuchar que va cayendo hasta nosotros con un tintineo dorado. En azúcar de sandía es una crónica onírica, un diario de alucinaciones, de capítulos brevísimos, como destellos; sin embargo, si su protagonista hubiera decidido componer una obra de ficción en lugar de una memoria, probablemente habría escrito El monstruo de Hawkline. Un western gótico.

El narrador de En azúcar de sandía no es capaz de atrapar su nombre con palabras —«A lo mejor estabais echados en la cama, casi a punto de dormiros, y os reísteis por algo, un chiste a costa vuestra, una buena manera de acabar el día. Ése es mi nombre»—; por fortuna, sí conocemos el nombre del autor de esta novela y de El monstruo de Hawkline: Richard Brautigan, poeta y novelista, estrafalario y fascinante. No diremos nada sobre él. Que sean sus páginas quienes nos lleven. En todo caso, apuntaremos que leerle es regodearse en el placer de la escritura. Las palabras devienen juego; el relato, una fiesta; no porque sus historias sean humorísticas, que también, sino que tienen por motor el puro disfrute, una poesía de palabras claras y música cristalina, como un río que corre.

En El monstruo de Hawkline, Niña Mágica contrata a dos vaqueros para que la acompañen a Hawkline y allí den muerte al monstruo que escapó del laboratorio de su padre y, tras devorarlo, se ocultó en las grutas heladas, bajo la casa. Sin embargo, una vez allí, el monstruo, con su magia, les obliga a divagar, a hablar de otra cosa, de dónde está el Oriente y del maldito Hawai, a tomar el té, a desayunar, a emprender mil asuntos o a follar con las gemelas Hawkline… Así, debemos al monstruo la demora que va llenando de goce la experiencia embriagante, alucinógena, de leer El monstruo de Hawkline. El monstruo es en sí un experimento, como la prosa de Brautigan, y su poder es el de confundir a los sentidos, dar a los objetos cotidianos la apariencia de otras cosas, transformar la realidad en torno nuestro: aparecen plumas verdes por todas partes, Niña Mágica se convierte en la señorita Hawkline, el mayordomo gigante se encoge hasta caber en una maleta… En definitiva, hacernos ver la realidad con ojos nuevos, crear la poesía de un mundo que no existe todavía —pero podría—. Lo demás puede quemarse todo o quedarse para siempre en la Olvidería.

Anuncios

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s