Literatura

Fantasma, de Laura Lee Bahr. Elige cuanto quieras, morirás de todos modos

la casa en la niebla. fantasma

Todos los fantasmas desean contar historias; por eso regresan, por eso se aparecen en la esquina de los párpados, en el bisel de los espejos; sin embargo, harías bien en no confiar nunca en la palabra de un espectro. No saben dónde están ni por qué siguen allí, confunden el pasado y el presente, su realidad se atasca en la obsesión. Fantasmas, de Laura Lee Bahr (Orciny Press, 2015) está narrado desde el más allá y su voz narrativa, la fantasma de Sarah While, juega a confundirnos, a nosotros, los lectores. Abrimos el libro y nos sorprende la escritura en segunda persona, dirigida hacia un tú que es, en primera instancia, uno de los personajes del relato; pero su voz se extiende hacia quien sostiene el libro entre las manos.

Fantasmas se plantea como un relato de «Elige tu propia aventura». El texto se interrumpe de pronto y nos pide que elijamos qué hacer a continuación: ¿quedarnos el sofá o dejarlo donde está? En aquella serie de libros de aventuras juveniles, las decisiones del lector le permitían trazar diferentes trayectos narrativos hasta alcanzar uno u otro final: podrías acabar descubriendo nuevos planetas, pero también estrellando tu nave apenas despegaba de la Tierra. La prosa de Lee Bahr a menudo alude a las bifurcaciones y encrucijadas del propio texto: «Se imagina un árbol de luz con ramas largas que crecen mientras lloran. Cada deseo que pide se convierte en la semilla de una flor o de una fruta, y se figura que está debajo de ese árbol pidiendo deseos de cumpleaños.»

Sin embargo, el relato del fantasma está sentenciado de antemano. Al fin y al cabo, nada cambiará el hecho de que quien lo cuenta está ya muerto. En Fantasma, Laura Lee Bahr nos arroja continuamente opciones y, no obstante, nos obliga a leer todas las alternativas. Al principio, comenta la autora en una entrevista, «era más bien como un “elige tu aventura”, pero introduje un “fantasma” en la máquina, así que si no hacías ninguna elección, el narrado[r] te hablaba y te lo mostraba todo.». No hay posibilidad de saltar página, las alternativas se superponen, el antes y el después se amontonan sobre sí, y todas las posibilidades se disuelven mientras avanzamos hacia el que siempre fue, desde el principio, el único desenlace. De pronto, un pasaje se desgaja de la novela y nos mira a la cara:

«Imagina (si quieres, claro) que estás atrapada en una habitación viendo una película independiente y extraña. La película está desperdigada; hay varias tomas de las mismas secuencias y diferentes montajes. Las has tenido que poner una detrás de otra para poder verla. No eres capaz de empatizar con ninguno de los personajes; aun así te dan lástima […] No puedes salir de la habitación ni dejar de ver estos trozos de película hasta que encuentres una pista. […] Día tras día, los contemplas sin que ellos se den cuenta. No pueden verte; no saben que estás ahí. No sienten tu mirada».

Al final del pasaje, el espectro nos maldice con una amenaza. Algún día, nos dice, encontrará la llave y logrará alcanzarnos, nos atrapará mientras dormimos.

El misterio de toda historia de fantasmas está en comprender qué es realmente lo que quieren los fantasmas: absolución o venganza, justicia o perdón, sacar a la luz una verdad largo tiempo ya olvidada. Ahora bien, ¿qué verdad hemos de encontrar en Fantasma de Laura Lee Bahr? No se trata sólo de descubrir a su asesino, sino de preguntarnos por qué las falsas alternativas, por qué la novela está en segunda persona, por qué nos interpela a través del tú narrativo.

Todo en Fantasmas está destinado a crear un universo puramente textual, que existe en virtud del estilo y los juegos narrativos: el auténtico fantasma de Laura Lee Bahr es el que embruja el texto, el que asoma entre las grietas de un relato quebrado. La identidad del asesino es aquí un «McGuffin», es decir, una excusa narrativa para poner en marcha la historia y mantenernos enganchados. La auténtica verdad, el auténtico fantasma, es que la voz de Sarah While no busca que exploremos un Los Angeles de cine noir, sino que indaguemos en nuestro propio corazón. Hallaremos en él las pistas de otros crímenes: el machismo, el clasismo y la ideología del éxito que mataron a Sarah While y que también arraigan en nosotros. Somos cómplices de su asesinato. El tú narrativo de la novela, Simon Would, es un capullo, un egoísta, un aspirante a yuppie que se queda en gilipollas; al identificarlo con nosotros, la novela nos pide la extrañeza, la incomodidad, el rechazo a todo cuanto pueda haber de Simon en nosotros. El texto se ensaña con él, lo vuelve ridículo, reduce su hombría a migajas. Destruyéndolo, Fantasmas ataca la misoginia y el clasismo que convierte a la sociedad estadounidense en una trampa mortal. Poco importa que Simon sea o no su asesino, pues la venganza de Sarah no se dirige a un solo hombre, sino a una ciudad que mastica ilusiones, que engulle sueños. Extraños hombres de negro recorren sus calles y oficinas: «No son hombres de verdad. Son apariciones, demonios, fantasmas, espectros. Atraviesan sus pensamientos con cristales rotos. Están fríos y muertos». Los Ángeles devora jóvenes cada mañana —de un sorbo, absorbe tu espinazo—; un día se tragó a Sarah While, mañana podría también comerte a ti.

Luis Pérez Ochando

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